miércoles, 14 de octubre de 2009

La bandera

La nobleza

lunes, 12 de octubre de 2009

El reclutamiento

Gente tan especial como era la tropa profesional de los ejércitos dieciochescos, requería específicas formas de reclutamiento. Las más usuales eran, una voluntaria: la recluta y dos forzosas: la leva y, subsidiariamente, la quinta.
El medio esencial era la recluta, los demás se empleaban para cubrir huecos. Cualquiera de las tres formas de reclutamiento, producía soldados de diferente calidad. Por ejemplo a la recluta acudía el indigente y la leva forzosa se efectuaba sobre vagos y maleantes, sin embargo la quinta, realizada mediante sorteo, mejoraba la calidad de la tropa reclutada, generalmente campesinos por las numerosas exenciones que existían.
La recluta voluntaria se realizaba en forma de lo que hoy, aplicado a la Legión Extranjera, denominamos banderín de enganche. Cada regimiento comisionaba a un oficial, un sargento y varios soldados, los cuales formaban lo que se denominaba partida de recluta, para recorrer los pueblos haciendo proselitismo8
Al soldado enganchado se le enviaba a su regimiento donde se le asignaban 40 reales de vellón al mes de prest9, el cual se dividía en los siguientes conceptos:

El socorro diario era para la manutención y correspondía a nueve cuartos de real de vellón diarios10 de los cuales siete eran para alimentación11 y dos para jabón, tabaco, hilo y agujas12. La masita, para reposición de vestuario, era de dos cuartos diarios y se la retenía el capitán. Las sobras se le entregaban en mano a final de mes.
Las condiciones que se exigían para la recluta eran las siguientes:
1. Enganche por 15 años mínimo (educando 6)
2. Edad mínima 16 años en tiempo de paz (educandos 10) y 18 en tiempo de guerra. Edad máxima 40 años.
3. Ser Católico Apostólico Romano
4. Medir 5 pies de estatura mínima (1 m. 40 cm.)
5. No ser de lo que entonces se denominaba extracción infame: mulato, gitano, verdugo, o carnicero.
Cuando por medio de la recluta no se conseguía cubrir las plantillas (lo cual fue prácticamente así durante todo el reinado) se acudía a la leva forzosa. Se mandaba a los Justicias de los pueblos arrestar a los denominados vagos, malentretenidos y quimeristas, y se les entregaba a las autoridades militares para cubrir las plazas vacantes en los regimientos. Estas levas producían, si cabe, un soldado de inferior calidad que el de la recluta, más conflictivo y predispuesto a la deserción que el resto. En tiempos de Carlos III se tomó la medida de ingresar a las gentes procedentes de leva en los regimientos extranjeros. Sobre todo en los irlandeses. Estos no eran muy apreciados si hemos de hacer caso a la sátira

"Quando los regimientos de
Ibernia, Ultonia e Irlanda,
quando salgan de la Corte
tan extranjera canalla,
entonces Carlos Tercero,
será Gibraltar de España"

miércoles, 7 de octubre de 2009

La vida en el cuartel

¿Cómo era la vida de cuartel en aquellos tiempos? ¿Cuáles eran las reglas, ritos y costumbres en guarnición?
El sistema de alojamiento del Ejercido Español en el siglo XVIII era de dos clases: guarnición y cuarteles. En tiempo de paz el regimiento estaba acantonado, o bien en alguna ciudad con plaza fuerte o en las llamadas casernas, que eran especie de cuarteles situados en los pueblos y cuya conservación corría a cargo de los Ayuntamientos21. A su vez, estas dos formas de alojamiento se subdividían en otras dos: Unos pocos regimientos tenían residencia estable y se denominaban fijos, como los de Orán, Ceuta o la Habana, aunque la mayor parte solían rotar en sus destinos regularmente, en lo que se denominaba la muda.
La muda de las unidades consistía en fatigosas marchas a lo largo y ancho de la geografía peninsular. Éstas se efectuaban en verano y por rutas conocidas. Cada regimiento tenía un cuaderno donde se describía la ruta, especificando número de leguas entre cada pueblo, número de días de marcha22, lugares de descanso etc. Estos cuadernos tenían al margen unas observa-ciones en las que se señalaba si el pueblo era "bueno" o "malo", si el alojamiento era de tres, cuatro o cinco soldados por casa, el precio de los comestibles y su abundancia etc. etc.
En las mudas cada oficial o sargento podía llevar consigo su familia y equipajes, alquilando carros en los pueblos, que así hacían negocio como compensación a las molestias que les



ocasionaba el alojamiento de las tropas. Los soldados casados también tenían permiso para llevar a sus mujeres que ejercían de vivanderas.
En los pueblos donde se hacía alto para descansar, se le entregaba al soldado la llamada boleta de alojamiento, que era un número donde se sorteaban las casas de mejor a peor. Los cabos y sargentos no entraban en este sorteo y elegían primero. Por supuesto los oficiales se alo-jaban aparte, en las casas de las personas principales.
El régimen interior en los cuarteles era muy simple y monótono. El soldado tenía escasos momentos de ocio y casi siempre estaba de servicio, debido a la falta de efectivos y a los nu-merosos rebajes, y hacía la instrucción con paso corto, redoblado, oblicuo, circular y de hilera, en expresión de la época.
El tiempo fijado para el descanso correspondía a las horas que mediaban entre la lista de la tarde y la de retreta. Durante ellas y después del rosario, cuyo rezo era obligatorio en los cuarteles, el soldado podía salir de paseo o bien quedarse en el cuartel, donde se le permitía ejercer algunos oficios artesanales para suplir la indigencia provocada por el escaso prest. En este sentido algunas fuentes de la época nos cuentan que muchos soldados trabajaban de tapiceros por cuenta propia.
Durante todo el día los cabos de cuartel tenían la misión de vigilar a los sospechosos para evitar las deserciones, que eran extraordinariamente comunes, como ya hemos referido anterio-mente.
También otras fuentes señalan que la disciplina en guarnición no siempre era la de desear y los soldados solían insolentarse con los oficiales tibios, tardando en cumplir las órdenes, no cumpliéndolas, o negándoles el saludo, y que existía mucho favoritismo, tanto en la concesión de permisos como en la aplicación de castigos.
Precisamente éstos (los castigos) eran de una gran severidad a tono con la catadura de la tropa, sobre todo la procedente de leva o recluta. El título X del tratado VIII de las Ordenanzas de 1768, a pesar de su modernidad en otros campos, fija una serie de penas para los delitos militares, que iban desde quemar la lengua con un hierro candente para el blasfemo, el descuartizamiento para el sacrílego, el corte de una mano al que pegara a un oficial o el ahorcamiento por desobediencia ante el enemigo o sedición.
Sin embargo los castigos más comunes en la vida diaria del soldado eran las llamadas mortificaciones. En primer lugar la vara del cabo que no debía permanecer ociosa por poco que éste fuera un tanto riguroso. Precisamente el artículo 16 del cabo en las Ordenanzas dice al respecto:
"El cabo primero y el segundo tendrán una vara sin labrar del grueso de un dedo regular y que pueda doblarse a fin de que el uso de esta insignia, que distingue al cabo, no tenga malas resultas."

Por supuesto el uso de "la insignia" era sobre la espalda del soldado, aunque la Ordenanza matizaba que, para no lastimarle, el máximo de golpes que se le podían propinar (seguidos) era de tres.
También otros castigos comunes eran el consabido encierro en el calabozo o el de baquetas, que consistía en pasar al arrestado por medio de dos filas de soldados que le golpeaban con éstas27.
No obstante y a pesar de este rigor legal la aplicación de estos castigos debió atenuarse mucho con el correr del tiempo, sobre todo desde 1770 cuando se implantó la quinta como sistema fundamental de reemplazo en el Ejército y la catadura de la tropa mejoró28. Sobre todo en la Infantería y Caballería españolas. Los regimientos extranjeros, sin embargo. que recibían a los desertores y gente de leva, la cosa debía ser diferente y más rígida.
La ordenanza contemplaba también la posibilidad de arrestar a un oficial. La gradación de este arresto abarcaba desde su separación del servicio y arresto domiciliario, hasta la pena de muerte precedida de degradación, que se realizaba en un acto solemne en la plaza de armas con todo el regimiento formado y el reo escoltado por un pelotón de granaderos mandado por un sargento. La ceremonia comenzaba con un redoble largo de tambor. A continuación el Sargento Mayor del regimiento procedía a la degradación pronunciando la siguiente alocución:
"La piedad generosa del Rey os concedió que delante de sus Reales banderas pudieseis cubrir vuestra cabeza con el sombrero, en el concepto de que vuestro honor podría hacerla digna de esta distinción, pero ahora su justicia manda, que así se os quite".

Luego el Mayor le quitaba el sombrero al degradado y, arrojándolo al suelo, continuaba:
"Esta espada que asisteis para satisfacer, conservando vuestro honor al que el Rey os hizo, concediéndoos que contra sus enemigos la esgrimierais en defensa de su autoridad y justicia, servirá rota, por la falsedad de vuestro delito, para exemplo de todos y tormento vuestro."

Más adelante le despojaba de la espada y la quebraba con la rodilla. La ceremonia terminaba con el despojamiento del uniforme por el sargento que mandaba la escolta.
"Despójese de este uniforme que sirvió de equivocarse exteriormente con los que le visten, para contribuir a la mayor exaltación de la gloria del Rey."

Por último el Mayor ordenaba al sargento de la escolta de granaderos su traslado al patíbulo, si había sido condenado a la pena capital.
"...y pues que la justicia de Su Majestad no permite que el delito tan grave de este hombre quede sin castigo. llévenle a que le padezca su cuerpo, que Dios tendrá piedad de su alma"

Por su parte, el servicio de guarnición en las unidades que estaban acuarteladas en las plazas fuertes de las ciudades no presentaba un panorama nada alagüeño al menos a la altura de 1766,cuando el general O´Reilly informaba al Secretario de Guerra Conde de Ricla sobre el asunto y cuyas palabras recogen por si solas la situación sin deba mediar otro comentario:
"El servicio qual se hace en las Plazas, e de mucho trabajo, sugeción y disgusto a oficiales y soldados, y de continuo impedimento a la disciplina: el soldado en muchas guarniciones apenas tiene un día libre de una u otra fatiga: es frecuente el estar de plantón la Tropa,: la Plaza pide el tercio de los effectivos en la revista, de estos se han de revajar los rancheros, quarteleros, ordenanzas de Regimiento, guardias de vanderas, presos, convalecientes y empleados particulares: queda el soldado quando mejor a una noche buena. Ha habido varias órdenes para que este servicio de plazas se aliviase, pero siempre ha ocurrido algún motivo que ha estorvado su cumplimiento."

A estas penalidades de las que se hacía cargo el inspector, debemos añadirle lo incómodo del alojamiento. En los dormitorios, por ejemplo, no había más que una cama para cada dos soldados, que la compartían por turno. Esta, la cama, estaba compuesta por dos banquillos metálicos, cuatro tablas, un jergón conteniendo 25 libras de lana, un cabezal con ocho libras, dos sábanas (que se cambiaban cada mes) y una manta. Había además en el dormitorio, por cada 20 soldados, una mesa, dos bancos un baúl, una jofaina y una lámpara de aceite.
La alimentación en guarnición tampoco daba mucho de sí. Hasta 1766 SE LE DABA A LA TROPA EXCLUSIVAMENTE UNA ÚNICA COMIDA AL MEDIODÍA29. Pero el susto del motín de Esquilache, que hizo reaccionar a las autoridades en muchos campos, supuso también algunas mejoras para la tropa. Efectivamente: por estas fechas, justamente cuatro meses después de la asonada, se le ordenó al inspector de Infantería, el recién nombrado O'Reilly, que pasara una inspección general con el fin de comprobar el estado de la tropa. Éste se quejará en su in-forme de la siguiente forma:
" De veinte años a esta parte ha subido tanto el precio de los comestibles, que en los años en que más abundan las cosechas, come infelizmente el soldado: dos onzas de tocino, quatro de arroz, o el equivalente en menestras, algunos menudos o despojos en lugar del tozino, es todo su sustento a mediodía. Para almorzar [sic. por desayunar], cenar y todos sus menudos gastos, como son un traguito de vino, tabaco, ahujas, hilo etc. le quedan tres quartos al día. ¿con 24 onzas de pan, que quando mejor librado no dexa de tener dos de falta, cómo ha de conservar este soldado sus fue-rzas?"

No se podrá decir que O'Reilly -al que le acusaron de todo los envidiosos tras su estrepitoso fracaso en Argel- no era un hombre que se despreocupara por los más ínfimos detalles, incluido los humanos, en relación con el soldado. Especulativo, filantrópico e inteligente, trató de mejorar la caótica situación de la Infantería que pusieron a su cargo y empezó por lo más inmediato: la tropa y su cuidado.
La consecuencia inmediata de este informe del conde-inspector supuso que el Rey, por Real Decreto de 4 de octubre de 1766, aumentó el prest de la tropa de 37 a 40 reales al mes, lo que supuso un aumento diario de un cuarto de socorro. Con todo y con ello, no representó una mejora considerable para el soldado, que siguió alimentado fundamentalmente de pan31, como podemos observar en el siguiente cuadro donde se han traducido al sistema métrico decimal, las cantidades correspondientes a una ración diaria. En cualquier caso el aumento del prest permitió servirle una SEGUNDA COMIDA al anochecer.32 Además el Rey concedió también a la tropa una cama para cada soldado.
A las incomodidades ya descritas había que añadir las del uniforme. Éste era en casi todos los regimientos de color blanco, por lo que siempre estaba cubierto de manchas y con el collarín,

la solapa y la vuelta descoloridos, debido a que la tropa contaba nada más que con un sólo uniforme para paseo, guardias (en las que dormían vestidos) y marchas, el cual debía durar 40 meses y aun más caso erario iara sino en Júzguese pues, el aspecto de un soldado de entonces con múltiples manchas en el uniforme, los zapatos rotos, remiendos sin afeitar, ya je al respecto y con los oficiales, solo pasaba por la compañía una vez a la semana. Tampoco podía re-parar las faltas en vestuario y calzado con siete reales de masita al mes si una casaca costaba 61. Además de ello, con el paño de que estaba hecho el uniforme, en verano se asaba de calor y en invierno se moría de frío, porque el vestuario no incluía prenda de abrigo.

Algo consiguió también el infatigable O'Reilly respecto al uniforme del soldado, al menos que se lo entregaran al cumplir el plazo. Más adelante, a finales del reinado en 1788, el período de duración se rebajó a 30 meses.35
Con todo resultaba excesivo tanto por las condiciones objetivas como por el agravio comparativo, si tenemos en cuenta que en el Ejército Prusiano les cambiaban los zapatos cada ocho meses, el uniforme cada año y les daban un capote.

Efectivos y calidad de la tropa española entre 1759 y 1788.

Antes de abordar la situación del soldado español durante el reinado del Tercer Carlos, hagamos un paréntesis y veamos algunos pormenores del de su antecesor y hermano Fernando VI, en cuyo período final se desmanteló el Ejército de Tierra en beneficio de la Marina.
La reforma fue llevada a cabo por el Marqués de la Ensenada durante esta etapa y en esencia consistió en la reducción drástica de los efectivos de Tierra. En tiempos de su antecesor y padre, Felipe V, el Ejército tenía un pie de 130.000 hombres. Al quinto año de reinar Fernando, sin embargo, ya no pasaba de 90.000 y, tras la reforma, su número quedó reducido a 60.0001.
Sin embargo durante el reinado de Carlos III y como consecuencia del abandono de la política de neutralidad fernandina, se incrementaron las plantillas al crearse algunos regimientos, como los 1º y 2º de Cataluña de Infantería Ligera en 1762; en 1764 el de Infantería de América y en 1766 los de Princesa, Príncipe y Extremadura y aumentando a tres los dos batallones de que constaba un regimiento de línea2, con lo que el pie del Ejército de Tierra quedó establecido a la altura de 1770 en unos 115.000 hombres.
De estos efectivos en plantilla correspondían a la Infantería 94.994. Si tenemos en cuenta que cada regimiento contaba en tiempo de paz con 54 oficiales, el total de mandos empleados en dicho cuerpo era de 2.4843

Pero todas estas cifras son engañosas si las ajustamos a la realidad. Por ejemplo en tiempos de Carlos III no se consiguió en ningún momento completar las dotaciones, ni en tiempos de paz ni en los de guerra4. Por ejemplo en el citado cuerpo de Infantería, el inspector teniente general O'Reilly lo encontró a falta de 16.703 hombres en 17705, y todo ello sin contar que hasta bien entrado el reinado de Carlos IV no se creó el tercer batallón "prometido" en las Ordenanzas del 68, por lo que las faltas, si cabe, aun eran mayores respecto a las plantillas de lo que presenta el conde inspector.
Como ya hemos dicho anteriormente, la preocupación por tener el Ejército al completo era grande. Sobre todo tras la firma del Tercer Pacto de Familia con Francia, que suponía el fin de la neutralidad española y el peligro continuo de guerra con Inglaterra en dos frentes: el europeo-mediterráneo y el americano-atlántico. Por ello y desde 1763, se enviaron a América tropas de línea para defensa del territorio, aumentando la necesidad de más efectivos. Concretamente los regimientos de Infantería de Sevilla, Toledo, Mallorca y el primer batallón de los de Murcia, Saboya, Ultonia, Nápoles y Brabante.
Tampoco el orden interno debía descuidarse y la preocupación por el mismo creció. Sobre todo desde el Motín de Esquilache. Por todo ello, los ministros que se ocuparon de la cuestión, pusieron gran empeño en completar el pie del Ejército aunque no lo consiguieron. Ni Florida-blanca en el cargo de Secretario de Estado; ni Campomanes como gobernador del Consejo de Castilla, que también intervino en el asunto.
Nada, que no hubo manera. Había una serie de condicionantes de carácter estructural que impidieron tal medida. Éstos fueron fundamentalmente tres:

1. La falta de población.
2. El desafecto de los civiles al servicio militar, motivado por un incremente del nivel de vida, que produjo un aumento de los jornales, como consecuencia de la política ahorradora y neutralista del reinado anterior. Sobre todo en Cataluña. Lo cuenta Manuel de Terán:
" las circunstancias que concurren en la actualidad, y entre las demás, la mui esencial del aumento que han tenido la agricultura, el comercio y las artes, de que ha procedido también el de los jornales, que dificulta la recluta y la hace más costosa, que lo fue en tiempos pasados"6
3. El desprestigio del propio Ejército debido a las continuas quejas de los mismos oficiales, agraviados por las reducciones fernandinas y por los fatigosos servicios que debía realizar la tropa, precisamente por la escasez de personal.
Había, pues, condiciones objetivas y estructurales que impedían el reemplazo de las bajas en el Ejército, las cuales se producían por muerte, enfermedad y sobre todo por deserción. En algunos regimientos se contabilizaban hasta 60 desertores mensuales.
A estas causas había que añadir la propia concepción de la milicia en una Monarquía Absoluta. Esta correspondía al denominado Ejército Real, una institución armada concebida eminentemente para apoyo y defensa del sistema; no de los súbditos. Como se decía en términos de la época: para mantener el esplendor del Trono y la seguridad y tranquilidad del Estado. Este ejército, formado por soldados profesionales que servían un período no inferior a 15 años a cambio de una escasa paga, distaba mucho de responder a las concepciones de armée national y soldat citoyen que nacerán con la Revolución Francesa (sobre todo tras la batalla de Valmy) y según la idea de le peuple sur les armes. Como consecuencia de esta nueva visión castrense, durante el siglo XIX se implantará el servicio militar obligatorio en los países que fueron adoptando paulatinamente el régimen liberal.
Pero aquel ejército borbónico de tiempos de Carlos III no era así; era otra cosa. Dado el carácter mercenario de sus efectivos, la disciplina se inculcaba fundamentalmente por el miedo al castigo corporal. Un ejército de este tipo no podía funcionar a través de órdenes racionales y comprensivas sino mediante el principio de la obediencia ciega, obtenida a golpe de baqueta en el más sencillo de los casos.
De manera que, antes de la reforma, el soldado del ejército de Carlos III, al igual que el de cualquier otro ejército europeo del momento, no era precisamente un idealista ni un inocente ciudadano sino que pertenecía a lo peor de cada casa. Manuel de Terán nos da una clara definición de lo que era y como había que tratarlo:
" Conviene también no perder de vista, que la masa de los soldados de todos los exércitos se compone del poltrón, del atrevido, del turbador de la quietud de su familia y de su pueblo y del fanático, a quienes sólo una rígida y constante disciplina pude poner en orden y hacer útiles a la sociedad. Por eso las leyes de la guerra se escrivieron con sangre y sólo con sangre se pueden conservar"7
Bien es cierto que las ordenanzas de 1768 en su tratado II, auténtico código moral, con una concepción absolutamente moderna de la dignidad del hombre y en este caso del soldado, correspondiente a las tendencias filantrópicas más avanzadas del momento, suavizaron los modos, aconsejando a los mandos que en el trato con la tropa fueran graciables.
En efecto: después de promulgadas dichas ordenanzas se prohibió de oficio en los regimientos los castigos corporales, pero resultaba muy difícil conciliar una concepción tan moderna de la dignidad humana con aquel modelo, tanto de sociedad como de ejército, como para que tal espíritu calara lo suficiente.
Además, el código militar de 1768 adolecía del mismo defecto que las antiguas Recopila-ciones, presentando un sumario de preceptos a veces contradictorios y no siempre codificados. Al fin y al cabo el concepto jurídico de código pertenece a tiempos posteriores. A modo de ejemplo: nada que ver la cordura que propugna el tratado II con las penas que establecía el VIII para los delitos militares y que seguía manteniendo un desproporcionado rigor entre la transgresión y su castigo (vid. infra).
Es probable, sin embargo, que en la época, debió suavizarse el rigor de ese tipo de penas, pero ello no nos hace olvidar que el mismo legislador (o sea, el Rey) que aprobó la redacción del título II (tradicionalmente atribuida al teniente coronel Antonio Oliver Sacasa, vocal de la Junta de Ordenanzas) aceptó también el VIII. Este hecho corresponde a la extraña situación un tanto caótica y contradictoria, típica de un sistema sociopolítico moribundo que no tardará en desaparecer.

La tropa

El soldado español que actuó en las campañas desarrolladas en tiempos de Carlos III era el de dotación en los regimientos de Infantería, Dragones, Artillería e Ingenieros de que estaba compuesto el Ejército. A lo largo del reinado, la organización de las unidades sufrió algunas reformas importantes que produjeron algún cambio en la calidad de la tropa. El arquetipo del soldado profesional procedente de los sectores marginales de la sociedad (casi un delincuente y a veces sin casi), que caracterizaba a todos los ejércitos europeos durante el siglo XVIII, tendía a ser sustituido por efectivos de mayor calidad, con un mayor apego a su país y una mayor conciencia patriótica.
Desde luego aun no se trataba de le soldat citoyen que produciría la Revolución Francesa, pero las monarquías ilustradas reformistas (aunque absolutistas) trataban de racionalizar y humanizar la milicia en aras de una mayor eficacia y apoyadas en las corrientes filantrópicas que circulaban en aquel momento. En este nuevo espíritu, desde luego, se inspiraron las Reales Ordenanzas de 1768, y más concretamente su tratado II que sentaba los principios morales por los que la milicia debía regirse desde entonces.