miércoles, 7 de octubre de 2009

La vida en el cuartel

¿Cómo era la vida de cuartel en aquellos tiempos? ¿Cuáles eran las reglas, ritos y costumbres en guarnición?
El sistema de alojamiento del Ejercido Español en el siglo XVIII era de dos clases: guarnición y cuarteles. En tiempo de paz el regimiento estaba acantonado, o bien en alguna ciudad con plaza fuerte o en las llamadas casernas, que eran especie de cuarteles situados en los pueblos y cuya conservación corría a cargo de los Ayuntamientos21. A su vez, estas dos formas de alojamiento se subdividían en otras dos: Unos pocos regimientos tenían residencia estable y se denominaban fijos, como los de Orán, Ceuta o la Habana, aunque la mayor parte solían rotar en sus destinos regularmente, en lo que se denominaba la muda.
La muda de las unidades consistía en fatigosas marchas a lo largo y ancho de la geografía peninsular. Éstas se efectuaban en verano y por rutas conocidas. Cada regimiento tenía un cuaderno donde se describía la ruta, especificando número de leguas entre cada pueblo, número de días de marcha22, lugares de descanso etc. Estos cuadernos tenían al margen unas observa-ciones en las que se señalaba si el pueblo era "bueno" o "malo", si el alojamiento era de tres, cuatro o cinco soldados por casa, el precio de los comestibles y su abundancia etc. etc.
En las mudas cada oficial o sargento podía llevar consigo su familia y equipajes, alquilando carros en los pueblos, que así hacían negocio como compensación a las molestias que les



ocasionaba el alojamiento de las tropas. Los soldados casados también tenían permiso para llevar a sus mujeres que ejercían de vivanderas.
En los pueblos donde se hacía alto para descansar, se le entregaba al soldado la llamada boleta de alojamiento, que era un número donde se sorteaban las casas de mejor a peor. Los cabos y sargentos no entraban en este sorteo y elegían primero. Por supuesto los oficiales se alo-jaban aparte, en las casas de las personas principales.
El régimen interior en los cuarteles era muy simple y monótono. El soldado tenía escasos momentos de ocio y casi siempre estaba de servicio, debido a la falta de efectivos y a los nu-merosos rebajes, y hacía la instrucción con paso corto, redoblado, oblicuo, circular y de hilera, en expresión de la época.
El tiempo fijado para el descanso correspondía a las horas que mediaban entre la lista de la tarde y la de retreta. Durante ellas y después del rosario, cuyo rezo era obligatorio en los cuarteles, el soldado podía salir de paseo o bien quedarse en el cuartel, donde se le permitía ejercer algunos oficios artesanales para suplir la indigencia provocada por el escaso prest. En este sentido algunas fuentes de la época nos cuentan que muchos soldados trabajaban de tapiceros por cuenta propia.
Durante todo el día los cabos de cuartel tenían la misión de vigilar a los sospechosos para evitar las deserciones, que eran extraordinariamente comunes, como ya hemos referido anterio-mente.
También otras fuentes señalan que la disciplina en guarnición no siempre era la de desear y los soldados solían insolentarse con los oficiales tibios, tardando en cumplir las órdenes, no cumpliéndolas, o negándoles el saludo, y que existía mucho favoritismo, tanto en la concesión de permisos como en la aplicación de castigos.
Precisamente éstos (los castigos) eran de una gran severidad a tono con la catadura de la tropa, sobre todo la procedente de leva o recluta. El título X del tratado VIII de las Ordenanzas de 1768, a pesar de su modernidad en otros campos, fija una serie de penas para los delitos militares, que iban desde quemar la lengua con un hierro candente para el blasfemo, el descuartizamiento para el sacrílego, el corte de una mano al que pegara a un oficial o el ahorcamiento por desobediencia ante el enemigo o sedición.
Sin embargo los castigos más comunes en la vida diaria del soldado eran las llamadas mortificaciones. En primer lugar la vara del cabo que no debía permanecer ociosa por poco que éste fuera un tanto riguroso. Precisamente el artículo 16 del cabo en las Ordenanzas dice al respecto:
"El cabo primero y el segundo tendrán una vara sin labrar del grueso de un dedo regular y que pueda doblarse a fin de que el uso de esta insignia, que distingue al cabo, no tenga malas resultas."

Por supuesto el uso de "la insignia" era sobre la espalda del soldado, aunque la Ordenanza matizaba que, para no lastimarle, el máximo de golpes que se le podían propinar (seguidos) era de tres.
También otros castigos comunes eran el consabido encierro en el calabozo o el de baquetas, que consistía en pasar al arrestado por medio de dos filas de soldados que le golpeaban con éstas27.
No obstante y a pesar de este rigor legal la aplicación de estos castigos debió atenuarse mucho con el correr del tiempo, sobre todo desde 1770 cuando se implantó la quinta como sistema fundamental de reemplazo en el Ejército y la catadura de la tropa mejoró28. Sobre todo en la Infantería y Caballería españolas. Los regimientos extranjeros, sin embargo. que recibían a los desertores y gente de leva, la cosa debía ser diferente y más rígida.
La ordenanza contemplaba también la posibilidad de arrestar a un oficial. La gradación de este arresto abarcaba desde su separación del servicio y arresto domiciliario, hasta la pena de muerte precedida de degradación, que se realizaba en un acto solemne en la plaza de armas con todo el regimiento formado y el reo escoltado por un pelotón de granaderos mandado por un sargento. La ceremonia comenzaba con un redoble largo de tambor. A continuación el Sargento Mayor del regimiento procedía a la degradación pronunciando la siguiente alocución:
"La piedad generosa del Rey os concedió que delante de sus Reales banderas pudieseis cubrir vuestra cabeza con el sombrero, en el concepto de que vuestro honor podría hacerla digna de esta distinción, pero ahora su justicia manda, que así se os quite".

Luego el Mayor le quitaba el sombrero al degradado y, arrojándolo al suelo, continuaba:
"Esta espada que asisteis para satisfacer, conservando vuestro honor al que el Rey os hizo, concediéndoos que contra sus enemigos la esgrimierais en defensa de su autoridad y justicia, servirá rota, por la falsedad de vuestro delito, para exemplo de todos y tormento vuestro."

Más adelante le despojaba de la espada y la quebraba con la rodilla. La ceremonia terminaba con el despojamiento del uniforme por el sargento que mandaba la escolta.
"Despójese de este uniforme que sirvió de equivocarse exteriormente con los que le visten, para contribuir a la mayor exaltación de la gloria del Rey."

Por último el Mayor ordenaba al sargento de la escolta de granaderos su traslado al patíbulo, si había sido condenado a la pena capital.
"...y pues que la justicia de Su Majestad no permite que el delito tan grave de este hombre quede sin castigo. llévenle a que le padezca su cuerpo, que Dios tendrá piedad de su alma"

Por su parte, el servicio de guarnición en las unidades que estaban acuarteladas en las plazas fuertes de las ciudades no presentaba un panorama nada alagüeño al menos a la altura de 1766,cuando el general O´Reilly informaba al Secretario de Guerra Conde de Ricla sobre el asunto y cuyas palabras recogen por si solas la situación sin deba mediar otro comentario:
"El servicio qual se hace en las Plazas, e de mucho trabajo, sugeción y disgusto a oficiales y soldados, y de continuo impedimento a la disciplina: el soldado en muchas guarniciones apenas tiene un día libre de una u otra fatiga: es frecuente el estar de plantón la Tropa,: la Plaza pide el tercio de los effectivos en la revista, de estos se han de revajar los rancheros, quarteleros, ordenanzas de Regimiento, guardias de vanderas, presos, convalecientes y empleados particulares: queda el soldado quando mejor a una noche buena. Ha habido varias órdenes para que este servicio de plazas se aliviase, pero siempre ha ocurrido algún motivo que ha estorvado su cumplimiento."

A estas penalidades de las que se hacía cargo el inspector, debemos añadirle lo incómodo del alojamiento. En los dormitorios, por ejemplo, no había más que una cama para cada dos soldados, que la compartían por turno. Esta, la cama, estaba compuesta por dos banquillos metálicos, cuatro tablas, un jergón conteniendo 25 libras de lana, un cabezal con ocho libras, dos sábanas (que se cambiaban cada mes) y una manta. Había además en el dormitorio, por cada 20 soldados, una mesa, dos bancos un baúl, una jofaina y una lámpara de aceite.
La alimentación en guarnición tampoco daba mucho de sí. Hasta 1766 SE LE DABA A LA TROPA EXCLUSIVAMENTE UNA ÚNICA COMIDA AL MEDIODÍA29. Pero el susto del motín de Esquilache, que hizo reaccionar a las autoridades en muchos campos, supuso también algunas mejoras para la tropa. Efectivamente: por estas fechas, justamente cuatro meses después de la asonada, se le ordenó al inspector de Infantería, el recién nombrado O'Reilly, que pasara una inspección general con el fin de comprobar el estado de la tropa. Éste se quejará en su in-forme de la siguiente forma:
" De veinte años a esta parte ha subido tanto el precio de los comestibles, que en los años en que más abundan las cosechas, come infelizmente el soldado: dos onzas de tocino, quatro de arroz, o el equivalente en menestras, algunos menudos o despojos en lugar del tozino, es todo su sustento a mediodía. Para almorzar [sic. por desayunar], cenar y todos sus menudos gastos, como son un traguito de vino, tabaco, ahujas, hilo etc. le quedan tres quartos al día. ¿con 24 onzas de pan, que quando mejor librado no dexa de tener dos de falta, cómo ha de conservar este soldado sus fue-rzas?"

No se podrá decir que O'Reilly -al que le acusaron de todo los envidiosos tras su estrepitoso fracaso en Argel- no era un hombre que se despreocupara por los más ínfimos detalles, incluido los humanos, en relación con el soldado. Especulativo, filantrópico e inteligente, trató de mejorar la caótica situación de la Infantería que pusieron a su cargo y empezó por lo más inmediato: la tropa y su cuidado.
La consecuencia inmediata de este informe del conde-inspector supuso que el Rey, por Real Decreto de 4 de octubre de 1766, aumentó el prest de la tropa de 37 a 40 reales al mes, lo que supuso un aumento diario de un cuarto de socorro. Con todo y con ello, no representó una mejora considerable para el soldado, que siguió alimentado fundamentalmente de pan31, como podemos observar en el siguiente cuadro donde se han traducido al sistema métrico decimal, las cantidades correspondientes a una ración diaria. En cualquier caso el aumento del prest permitió servirle una SEGUNDA COMIDA al anochecer.32 Además el Rey concedió también a la tropa una cama para cada soldado.
A las incomodidades ya descritas había que añadir las del uniforme. Éste era en casi todos los regimientos de color blanco, por lo que siempre estaba cubierto de manchas y con el collarín,

la solapa y la vuelta descoloridos, debido a que la tropa contaba nada más que con un sólo uniforme para paseo, guardias (en las que dormían vestidos) y marchas, el cual debía durar 40 meses y aun más caso erario iara sino en Júzguese pues, el aspecto de un soldado de entonces con múltiples manchas en el uniforme, los zapatos rotos, remiendos sin afeitar, ya je al respecto y con los oficiales, solo pasaba por la compañía una vez a la semana. Tampoco podía re-parar las faltas en vestuario y calzado con siete reales de masita al mes si una casaca costaba 61. Además de ello, con el paño de que estaba hecho el uniforme, en verano se asaba de calor y en invierno se moría de frío, porque el vestuario no incluía prenda de abrigo.

Algo consiguió también el infatigable O'Reilly respecto al uniforme del soldado, al menos que se lo entregaran al cumplir el plazo. Más adelante, a finales del reinado en 1788, el período de duración se rebajó a 30 meses.35
Con todo resultaba excesivo tanto por las condiciones objetivas como por el agravio comparativo, si tenemos en cuenta que en el Ejército Prusiano les cambiaban los zapatos cada ocho meses, el uniforme cada año y les daban un capote.

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